Sobre la felicidad

Estoy sentada junto al radiador, afuera llueve y por mi ventana puedo ver cómo el otoño se recrudece y los árboles, teñidos de bellos colores, empiezan a perder sus hojas. El aroma de mi taza de té me envuelve mientras escribo, afición que me produce un inmenso placer. En estos momentos, soy feliz. Y entonces me pregunto frente al documento que empezó siendo blanco y que ahora se tiñe del negro de las palabras,  qué puedo transmitir yo a los lectores que no sepan ya. ¿Qué deben hacer para ser felices? ¿Cómo vivir más plenamente? ¿Superar la dependencia emocional? Quizás son temas raídos, aunque importantes, por los muchos escritores que los han reproducido una y otra vez. Quizás hoy hable de algo más simple, de cómo acallar la mente para vivir en el presente y darnos cuenta que, sin duda, muchas de las cosas que necesitamos son accesorias.

 

Me fijo entonces en el sonido de la lluvia golpeando la ventana. Me traslado a mi infancia asturiana donde los cielos lluviosos reinaban en gran parte de mis días. Recordando me doy cuenta lo sencillo que puede ser todo si lo ves desde la mente de un niño. Recuerdo, por ejemplo, que uno de los mejores momentos del verano era sentarme con mi familia junto al hórreo a ver Las Perseidas en agosto. Otro era las noches de tormenta, cuando el mar embravecido golpeaba con sus fuertes olas los acantilados y el sonido se transmitía a través de las altas montañas.  También me fascinada observar los innumerables paisajes desde lo alto de grandes colinas, con prados tan verdes que el color cegaba. Caminar entre los bosques con sus colores, perderme en ellos mientras olía la tierra mojada, escuchar el fluir de un río, ver, con suerte, algún animal salvaje cruzarse en mi camino. Sí, esto posiblemente era la felicidad, mi felicidad. Apenas necesitaba nada, puesto que todo me maravillaba. ¿Adónde se ha ido entonces esa capacidad de disfrutar con cualquier cosa? ¿Esa capacidad de poder ver en lo simple lo maravilloso? Todos la tuvimos, pero con el tiempo, el niño se vuelve adulto y gran parte de esa fascinación se pierde por el camino.

 

Sin embargo yo te digo que si te concentras puedes percibir la reminiscencia de aquello en tu interior porque dentro de nosotros aún vive la luz de ese niño o niña. Habita allí, normalmente silencioso, esperando que le demos un espacio para poder salir a disfrutar: correr, jugar, oler, saltar. El niño interior se muere por ser visto.

-¿Y cómo podemos verlo y cuidarlo? ¿Cómo podemos volver a disfrutar como si fuéramos niños? – te preguntarás. Pues parando. Parando un segundo para dejar de pensar en las obligaciones, en lo que no hicimos o hicimos mal, en los deberías, en quien nos hizo daño, en el miedo. Parando por un segundo y observando las pequeñas cosas que suceden en el aquí y ahora. Para algunos será su suave respiración, para otros la risa de las personas, otros preferirán un paisaje, un cuadro o una canción. Todos tenemos la capacidad de disfrutar pero, a veces, se esconde entre un montón de preocupaciones, pensamientos obsesivos, miedos y angustias. Yo os puedo asegurar, porque lo he visto una y otra vez en mi consulta, que hasta en las vidas más dolorosas y en los corazones más rotos siempre se pueden encontrar pequeños momentos con los que vibrar. Pueden ser sutiles y efímeros destellos en los ojos, instantes que reflejan que aún tenemos esa vitalidad y esas ganas de vivir y disfrutar que tuvimos en un tiempo pasado. Aunque muchas personas o experiencias hayan intentado apagar vuestra esencia, en el fondo nadie os la puede robar. Prueba a parar y volver a disfrutar de las cosas pequeñas. Porque la felicidad está más cerca de lo que puedas imaginar.

 

Autora: Sara Sarmiento

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