Abismo

en

Un día, Blas pensó que no podía sufrir más, que había llegado al límite. Que no había nada equiparable al dolor que le oprimía el pecho como miles de agujas, cada vez que se atrevía a respirar.
Hasta que una mañana se levantó y no sintió nada. No había dolor. Ni opresión, ni agujas.
Pero lo que notó aquella mañana fue peor que la angustia, que la sensación de vacío en su interior. No sintió nada.
Y si hubiera podido sentir, se hubiera sentido muerto.
Y no hay cosa peor en la vida, que estar muerto. Y digo en la vida porque fisicamente, Blas estaba vivo.
Pero su mundo estaba a oscuras. Como si hubieran apagado el interruptor de su corazón y bajado las persianas en su alma.
No había sonidos.
Como si flotara en el espacio sin estrellas, sin satélites, sin planetas.
Como si hubiera naufragado en medio del océano. Y notó que se hundía cada vez más y más. Y más.
Sin fondo alguno.
Y como de nada sirve gritar si crees que no tienes voz o nadar si no tienes fuerzas, Blas simplemente se rindió.
Se derrumbó.
No pidió ayuda. No se movió.
Cayó y cayó.
Nada.
Y entonces, cuando llegó tan hondo que no supo si estaba realmente vivo o muerto, un brazo tiró de él.
Y lo sacó de las profundidades.

Autora: Paloma Fernández

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.