El sillón hinchable

Hace ya semanas que, cuando llego a casa de la caminata de las tardes, me apropio del sillón hinchable que le regalaron a mi hijo pequeño por su cumpleaños. Allí me siento, me repantigo más bien, hasta la hora de cenar, ya sea a leer con música de fondo o a escucharla sin más. El sillón hinchable ha cambiado mi percepción de las cosas. Siento que me atrapa, que me dejo envolver por algo parecido al líquido amniótico. Más que tumbarme sobre el sillón, floto. Y es en esa postura, sobre todo en esa sensación de estar sumido en un sofá más que sentado, que mi percepción de las cosas que leo o escucho en ese momento cambia radicalmente. Sobre el sillón hinchable siento que puedo ponerme por enésima vez sobre ese libro de Antonio Lobo Antunes que dejé por la mitad, dado que las últimas entregas del escritor portugués acaban provocándome un hastío que nunca antes había sentido con esas otras que me hicieron enamorarme de su obra. La lectura de novelas como O meu nome é legiâo, tan fragmentada en el espacio y en el tiempo, levantada sobre voces que se entrecruzan todo el rato, tan a rebosar de metáforas y otras figuras literarias hasta el punto de que el lenguaje poético se sobrepone de continuo a lo puramente narrativo, se convierte en un ejercicio muy parecido, y sobre todo placentero, semejante al disfrute de una narrativa mucho más formal, clásica, inteligible, al estilo de esas otras novelas del gran escritor brasileño Jorge Amado. En realidad, hay momentos que llego a tener la impresión de que lo que tengo entre manos apenas es otra cosa que cualquiera de las novelas de Jorge Amado, al estilo de Gabriela, cravo e canela, que el suave vaivén sobre la superficie de acolchada del sillón hinchable con su fondo de aire hace que el ritmo narrativo se descomponga en frases aparentemente inconexas, como si de repente se hubiera barajado el texto y con él las voces que le dan forma, todo ello al mismo tiempo que se adueña de mí la convicción de que lo que menos importa es el desarrollo de relato alguno, la historia como tal, y sí, en cambio, la forma del relato con su exuberancia en imágenes y hallazgos expresivos. Algo así como si la literatura esencialmente figurativa del escritor brasileño acabara convirtiéndose en esa otra rayando lo abstracto del portugués por obra y gracia del sillón hinchable.

Me ocurre otro tanto con la música. Si por lo general soy incapaz de escuchar, y ello por mucha voluntad que consiga reunir para procurar apreciar las cosas en su justa medida, una sinfonía o un concierto de Schönberg o Bartók sin acabar sintiendo un irrefrenable impulso de levantarme de un salto de mi asiento con él único propósito de arrancar el CD del tocadiscos para luego hacerlo añicos, sumido en el sillón hinchable soy capaz de concebir que la música de los susodichos compositores no es otra cosa que la de Brahms, Liszt, Berlioz o cualquiera de mis adorados rusos, sometida a un extraño proceso dodecafónico como resultado del continuo bamboleo aletargador sobre el sillón de marras.

Sólo que ahora cuando escucho música lo hago desde el ordenador metido en youtube por pura vagancia –y por favor que nadie me mente el spotify porque antes de pagar puedo recurrir a cualquiera de las baldas donde apilo los discos y CDs de toda una vida- y da igual lo que esté escuchando que la música siempre será interrumpida por el engendro más enojoso del que ha sido capaz la humanidad a lo largo de toda su existencia: la publicidad. Por suerte, con los libros todavía no se ha dado el caso, de modo que una cosa más que añadir su haber.

 

Autor :Txema Arinas

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