Duelos de infancia

Cuando Ernesto murió, el pequeño Isaac se quedó roto en mil pedazos. Sentía un profundo y punzante dolor en el corazón, como si le estuvieran clavando cristales ardiendo, sin tregua. Notaba como algo se quebraba en su interior, presionándole incluso la ira y los miedos hasta dejarle bloqueado, sin poder apenas moverse, paralizando todo su ser con vehemencia. No encontraba qué sentido tenía esto que tenemos entre las manos y que a veces echamos a perder y llamamos vida. Se atormentaba a todas horas con una larga lista de malditos porqués sin respuesta, como: “¿por qué él?” “¿por qué me ha pasado esto a mí?” y cayó en un pozo el cual pensó que no tendría fin, ni en esta ni en sus próximas vidas. Que si ya estaba hundido en lo más profundo de las tinieblas todavía podía caer más abajo, aún no había pasado lo peor, el pozo era inacabable. Cada día era más oscuro y frío que el anterior. La pena no aflojaba el nudo de su garganta, el mundo continuaba, y todas las personas seguían con sus vidas, excepto él, que vivía atrapado en aquel drama injusto y estremecedor que parecía no tener fin y le robaba la luz de sus días.

Tenía solo nueve años, pero se hacía preguntas propias de adultos, en secreto, sufriendo sin entender el sentido de nada y ansiando encontrarlo algún día, sin demasiadas esperanzas. Siempre había sido muy reservado, nadie tenía ni la más ligera idea de cómo se sentía, tampoco parecía importarles demasiado a los de su alrededor, cada uno tenía suficiente con su propio dolor, obviando, sin querer, el ajeno. Y un día, cansado de ponerse la mano en el pecho para ver si así cesaba un poco el dolor, se armó de valor y coraje y le preguntó a su padre: – “¿Cuándo dejará de dolerme? ¿Cuándo se irá este nudo? – mientras se tocaba el corazón. y él, sin saber qué responder a su hijo pequeño, ni cómo calmarle, ni cómo aliviar su malestar, le mintió con los ojos y con una sonrisa forzada con ternura y gran pesadumbre, y le dijo: – “Pronto. Dentro de tres o cuatro días, pequeño…”-

Isaac entendió en ese preciso instante que lo que le acababa de decir su padre no sería así, pero también entendió, a pesar de su corta edad, que la tarea de su padre en aquel momento era mentirle.

Autora: Irene Roda (@duendecillaazul)

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