Besos con espina

Se me han caído tus besos de algodón,
que ahora lejos de acariciar,
me arañan la piel.
Piel.
Mi piel fue tu abrigo y la tuya refugio para mí.
Hoy la mía sigue siendo tu segunda piel cada vez que tienes frío,
pero la tuya…
la tuya es la aguja que me cose a ti,
aunque yo no quiera.
Has matado el amor con el que mis dedos se paseaban por tus brazos,
que antes me abrazaban los miedos
y ahora los crean.
Has hecho de mi vida una jaula
en la que no se está segura dentro,
pero tampoco fuera.
La primera vez que dije que no,
fue también la última.
Aprendo rápido, ya lo sabes.
Siempre dijiste que te gustaba cómo me quedaba con las cosas a la primera.
Se me da bien, sí.
Dime,
en qué momento dejaste verme al mirarme a los ojos.
No sé cómo puedes vivir con esto.
Y me preguntas,
sin vergüenza,
por las lágrimas que me ahogan cada noche cuando tu cuerpo me abraza,
que no abraza, que mata.
Te lo has cargado todo.
Yo miro a la pared y trato de recuperar aquel querer que un día me juraste,
para agarrarme a él y no caer.
Tú pisas el eco de mis gritos
para no sentirte incómodo.
Siempre se te dio bien fingir…
Ahora soy el bloque de hielo que baila entre tus manos,
que espera dolerte para que pares,
pero no,
nunca es suficiente para ti,
que me has cosificado.
Dejé de ser yo aquella primera noche,
no sé cuánto antes dejé yo de ser alguien para ti.
Cierro los ojos fuerte cada noche,
pero no para dormir.
Ya no quedan sueños.
Mi pesadilla eres tú,
a ojos abiertos.

 

Autora: Jenny Areda

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